El estudio del impacto social del aprendizaje-servicio universitario es fundamental para comprender su efectividad y sostenibilidad.
Medir este impacto permite identificar los beneficios que genera en la comunidad (Tapia, 2024). Además, la cuantificación de estos efectos facilita la toma de decisiones basadas en evidencias por parte de las instituciones de educación superior, garantizando la implementación de proyectos de aprendizaje-servicio que respondan a necesidades reales de la comunidad y contribuyan al compromiso social de la universidad.
No obstante, el aprendizaje-servicio en la universidad presenta una serie de límites y desafíos que deben tenerse en cuenta. Por un lado, su aplicación efectiva requiere un diseño riguroso y una adecuada coordinación entre los distintos actores implicados (profesorado, estudiantes y entidades sociales). Por otro lado, la sostenibilidad de los proyectos de aprendizaje-servicio a menudo depende de la disponibilidad de recursos y del apoyo institucional, lo que puede dificultar su consolidación a largo plazo. Además, la complejidad de la evaluación de su impacto social exige metodologías adaptadas que combinen indicadores cuantitativos y cualitativos para obtener una visión integral de los resultados alcanzados.